TENDENCIAS: EL LADO-B DEL SKINCARE


A raíz de la pandemia mundial que comenzó a finales del 2019, todo el año anterior nos vimos afectados por el distanciamiento y aislamiento social.


A causa de esto, tuvimos que aprender a estar, convivir y conectarnos con nosotr@s mism@s, dejando un poco de lado a todas aquellas personas y vínculos con el fin de ejercer una introspección propia.

Aprendimos también, a cuidar nuestro cuerpo, que funcionó como templo, como un hogar y un espacio en el que tuvimos que sobrevivir.


En el 2020, nos miramos más que nunca, generamos otros hábitos y costumbres. Nos volvimos a conocer y a construir como humanos.

Sin embargo, seguimos personificando contradicciones.


Buscamos conocer nuestro interior pero debemos demostrarle al exterior que todo está estable, que en nuestro templo hay orden, prolijidad y esperanza sobre un futuro utópico en el que todo va a estar bien.

Se puso en práctica la rutina diaria de belleza, que es propiamente un tratamiento para que nuestra piel luzca más joven, sana y sin imperfecciones.


Generamos un ritual dentro de nuestros días que implicaba mirarnos al espejo más de lo habitual, cuidamos nuestro cuerpo del que tanto hablábamos e incorporamos más productos para el rostro con el fin de componer una mejor imagen corporal-holística.

Relacionándolo con el reporte mensual de marzo, podemos entender que este tipo de escape narcisista no es más que eso: observarnos únicamente de manera externa y no interna.

De esta manera no se genera un crecimiento evolutivo, sino que generamos una dependencia a nuestro mundo superficial y virtual, en donde nos olvidamos del hogar que debíamos cuidar y contener.

El skincare tiene sus beneficios físicos y externos, si es correctamente realizado. Pero ¿Qué se esconde detrás de ese ritual en donde la costumbre roza la adicción? ¿y si es sólo otra coraza que colocamos para no dejar ver lo que hay detrás?


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